Alejandro Ortiz
ALEJANDRO ORTIZ
Ahora Vas A Morir
Fecha de publicación: 30/08/2023

Una sensación de náuseas y malestar me abrazó otra vez mientras caminaba por el pasillo frío y lúgubre de la prisión, en cuyo extremo una silla me esperaba.

Cada paso me acercaba a mi condena, como un siniestro e implacable tic tac contando cada segundo que me quedaba con vida; el helado aliento de la muerte me congelaba hasta el alma en aquel claustro, tiritaba con los ánimos extinguidos y la vista clavada en el suelo, solo me quedaba caminar, no, miento, solo podía caminar, se me permitía moverme cómo y por donde se me ordenara, mi cuerpo ya no era mío, era de un sistema que me había encontrado culpable de un aberrante delito y clamaba venganza, debían verter sangre, cualquier sangre era útil para mostrarse útil y activo en la hechura de lo que les gusta llamar justicia.

Tres hombres curtidos me guiaban por la oscura senda, distantes, hoscos, prestos a sofocar cualquier intento de huida, marcando cada uno de mis pasos hasta mi última parada antes del desenlace final; una imponente puerta de madera maciza y despintada nos recibía, enmarcada por la mortecina luz de una lámpara sucia y avejentada. Tras ella, un sacerdote aguardaba para ofrecerme la misericordia del perdón, sombrío, de rasgos enjutos, cabello ralo y mirada penetrante, sin atisbos de humanidad, pulcro y sin pliegues en su atuendo ni en su piel, solo desniveles creados por las sombras que le rodeaban, no había ni una sola pizca de expresividad en ese hombre de Dios, la cuenca de sus ojos proyectaba una sombra enorme en su largo y angosto rostro, miró su reloj moviendo ligeramente los ojos hacia abajo mientras su muñeca acompañaba con un giro suave y sincronizado, anunciando sutilmente que se agotaba el tiempo.

Me detuve por un instante, al notar en él ademanes artificiales pero sutiles, que me hicieron olvidar por un momento el peso abrumador de mi pasado y la angustia aplastante de mi presente, su mirada penetrante pero fría, evocó en mí mente, un ser sin alma, una gárgola, si, eso fue, presta a destrozar a toda traza de rebeldía y pecado. Acongojado frente a semejante criatura implacable, casi divina, entendí que estaba condenado, había tomado decisiones estúpidas motivadas por la arrogancia, el odio, la premura y la codicia, era hora de enfrentar las consecuencias y este hombre desprovisto de gracia alguna debía escuchar la confesión de un paria que moriría por los crímenes de otro hombre.

Respiré profundamente y crucé el umbral, dejando detrás el mundo exterior y adentrándome en esta mofa de confesionario. Una habitación sobria de paredes enmohecidas con un aroma a polvo, detergente y humedad, desprovisto de ventanas y con algunas luces parpadeantes me daba la bienvenida, una silla cerca del centro debajo de la luz más fuerte era el estrado donde el sacerdote aguardaba, y, a pesar del aspecto opresivo y enrarecido, el ambiente era tranquilo, sereno, quedando blindado de todo ruido del exterior cuando cerraron la puerta, en directo contraste con el caos interno que me ahogaba. Me arrodillé frente al sacerdote con la ayuda de mis custodios, mis pies y mis manos tenían poco más de diez centímetros de espacio limitados por unas cadenas justas y rigurosas. Yo, a la vista de la sociedad era un hombre peligroso, un monstruo insaciable de depravadas adicciones y profunda maldad que aquí recibiría el perdón a cambio de una confirmación de su veredicto.

Padre, he pecado comencé con voz dubitativa Mi vida ha sido algo que ni yo mismo deseo recordar, pasiones, sombras, crueldad, he pecado contra las leyes de dios y del hombre. No merezco perdón, pero quisiera contarle lo que pasó, a Usted que por la gracia del Señor, ofrece consuelo a las almas perdidas, le ruego me escuche aunque sé que no será suficiente para salvar mi vida, no hay nada que merezca ser salvado, pero, quién hizo por lo que hoy se me condena está libre y yo injustamente moriré por el único crimen que no he cometido.

Te escucho me contestó solemne, cerró su Biblia y cruzó los dedos sobre sus rodillas para añadir sé breve por favor.

Fue un crimen despiadado, lo sé, solo una mente enferma y deformada de la peor manera pudo obrar con tanto sadismo, se que yo he sido hallado culpable pero es que el asesino me usó como chivo expiatorio, no, ese monstruo aprovecho que… que me distraje contemplando su obra, fui un idiota, lo sé, pero... trague saliva sabiendo que explicarme sería dificil pero, como hacerle entender que yo, dada mi naturaleza, estaba extasi..., no, consternado por lo que acaba de presenciar y entonces aprovechó que bajé la guardia y me puso a dormir el sacerdote cruzó los brazos y permaneció inmutable no se cómo lo hizo, esos últimos momentos son difusos en mi mente, he intentado recordar al menos como se me acercó pero solo imágenes como fotos viejas y raidas me vienen a la memoria se que yo miraba a la victima en ese momento, su cuerpo inerte ya, descansaba finalmente de los horrores que le habían tocado vivir, el sudor de tales suplicios se mezclaba con su sangre, sus gritos desesperados eran tan solo un eco en mi mente, un eco de segundos atrás y yo estaba ahí, de pie, pensando…

Inclinó su cabeza hacia mi y me pregunto ¿Querías ayudarle al asesino? un brillo en sus ojos me dijo que le era transparente, bajé la mirada porque podía verme, podía verme a mí, a la parte oscura que llevo adentro que se deleitaba en el dolor más profundo, a las intenciones que guardo y escondo aún de mí mismo cuando no estoy solo y le respondí: no, no le quería ayudar suplicante agregué no sabía lo que pasaba ni lo que pasaría tenía que mentir, era transparente a la mirada atenta de este hombre dios había dormido en una banca de aquel parque, llevaba varios días por ese lugar, buscando cualquier cosa que pudiera vender, algunos vagabundos llevan cosas de valor que se pueden cambiar por un poco de comida, drogas o placeres, nadie se queja ni se mete cuando asaltas a uno de ellos hice una pausa recordando aquel momento con claridad entonces le vi, fue un movimiento, la manera cómo tomó al muchacho que descansaba en un lugar más apartado, le tapó el rostro impidiéndole gritar para llevarlo hacia las alcantarillas, lo vi a la distancia, una parte de mi quería gritar, pedir ayuda, salvar el día y sentirme menos mierda, la otra parte estaba atenta, sentía curiosidad, reconoció a un depredador llevándose una presa, ¿me entiende? el sacerdote no me contestó pero inclinó levemente la cabeza dos veces asintiendo con la mirada clavada en mi; agaché la cabeza y continué camine hacia ellos pensando, expectante, la noche prometía algo, no sabía que, era una emoción conocida pero más potente, yo mismo había matado antes algunos animales, perros, gatos, palomas, toda clase de aves y criaturas pequeñas pero nunca un ser humano y perdi la mirada en las tantas veces que no me atrevi incluso una vez maté un gran cerdo y su enorme tamaño me hizo sentir algo diferente, una emoción extraña, temor al principio que poco a poco se transformaba en júbilo, si, era una emoción, así pero muchas veces más potente y sabía por eso que ese chico no vería un nuevo día, flotaba en el aire, el instinto me lo decía, este va a morir...

Entonces si sabías lo que pasaría me dijo con el mismo tono plano y sobrio, los guardias nos miraron pero estoy seguro no notaron la sutil sonrisa que se dibujó en la comisura de sus labios al confirmar que no se equivocaba.

No, no lo supe al principio contesté de inmediato mirándole directamente no hasta que comenzó a arrastrarle en dirección a las alcantarillas y el chico supo que esto sería diferente lo recordaba con total claridad, casi como si lo estuviera mirando con total torpeza y brusquedad le arrastró cuando el chico quiso defenderse, tenia un sadismo contenido que explotaba en cada uno de sus movimientos como una bomba que tiembla descontrolada cuando esta a punto de estallar, fue entonces cuando descubrió que le miraba, tenía una máscara improvisada de mezclilla, retazos mal cortados y unidos por costuras torpes y descuidadas, a pesar de eso y la oscuridad, noté que me sonrió mientras se perdía entre las sombras del espeso matorral, no me quedó ninguna duda ese momento, les seguí, confieso que estaba preso de mis peores y más básicos instintos, pero como no hacerlo, yo era, soy y seré como dios me hizo y quería ver, solo quería ver.

¿estás culpando a dios por lo que has hecho? me interrumpió con voz severa, afirmó su espalda e inclinó ligeramente hacia adelante proyectando una sombra que se tendía sobre mi haciéndome por instantes pequeño, devorándome no padre, no le culpo dije tartamudeando pero, yo nací así, no soy como los demás y nunca lo fuí, las peleas no me daban miedo, no, las ansiaba, la gente violenta me causaba curiosidad y su dolor me producía un gran deleite, incluso cuando me lo causaban, quería saber porque al igual que un perro grande y violento, como es que eran capaces de tanta brutalidad sin mostrar un ápice de compasión, ¿conocerían la respuesta? ¿serían como yo?, al final supe que no, ¿cómo podían obrar con tanta crueldad e indiferencia sin reconocer a uno de los suyos?, quería saber ¿porque me rechazaban? ¿era yo diferente?, pienso que si, delgado, débil, el asma me ha hecho un inútil y aún así mi sangre hierve cuando dos seres vivos colisionan con brutal animosidad, su sangre me incita ideas y evoca en mi mente inmundos, si inmundos placeres y aquel día, aquel día pasó lo mismo, les seguí, camine detrás con temor, pero con exultante expectación...

¿Quieres decirme que le temías al asesino? los guardias no ocultaron su burla ante aquella pregunta, pero se burlaban de mí, mire a los ojos con desprecio a esos malditos sádicos que pueden deleitarse torturando a sus semejantes, sintiéndose superiores, sin la mirada acusante de la misma sociedad que me desprecia por lo mismo no, no le tenía miedo, temía perderles en ese laberinto de túneles donde viven otra clase de hijos de dios, no, yo no interferí, solo fui testigo, un vil espectador si prefiere.

Uno de los guardias escupió asqueado y exclamó espectador! pedazo de mierda te vamos a freír por estar de espectador el sacerdote aclaró su garganta mientras miraba de nuevo su reloj y los guardias callaron Así es padre, pude ver como lo hizo, escuche los gritos y el largo eco de su desesperación aprisionado entre las paredes de ese inmundo túnel mi mente evocó esas imágenes con claridad escuché la emoción del asesino en su respiración acelerada, profunda y potente, era alto, delgado, paciente, muy paciente y prolijo, tomó pedazos de él asegurándose que cada una produjera gritos de dolor sin arrebatarle la vida, quería disfrutar su presa y yo estaba ahí extasiado al principio miraba desde la distancia, ansioso, a unos metros, escondido según yo, me mordía las uñas imaginándome a su lado, como el asistente impío de un macabro artista, el asesino supo que yo estaba mirándole, movió su cabeza y me mostró una parte que acababa de cortar para lanzarla después hacia mi como si fuera un perro esperando las migajas que le lanza su amo y no me pude negar ahora finalmente reconocido acepte la invitación, me acerque al principio con pasos vacilantes y me coloqué a un lado pero dejando espacio para no molestar, la emoción de ver algo tan grotesco e inhumanamente raro me avasalló, fue más fuerte de lo que jamás imaginé, si, se que soy un monstruo y me comporté como tal, hice mi parte, camine, me acerque y pude ver lo que estaba labrando en el cuerpo de ese muchacho.

¡Para! no sigas, todos sabemos lo que le hiciste ordenó el sacerdote con voz de autoridad pero es que Padre yo no fui, estuve ahí, si!, vi todo, si!, con detalle admití lo que era cierto pero no lo toque, solo tome de ese lugar las emociones, esa sensación de poder me inflama desde esa noche, me ha visitado entre las paredes oscuras de esta prisión mientras estoy encerrado y me la van a arrebatar... el asesino está afuera, esperando que me frían para volver a matar, entonces sabrán que se asesinaron a un inocente…

Inocente mugió uno de los guardias mientras me golpeaba con todas sus fuerzas arrojándome al suelo. ¡Oh, lo que me haría si estuviéramos solos! No es muy diferente del asesino que creen que soy. Sus compañeros se limitaron a mirar pero era claro que lo disfrutaban; ellos se parecen más a mí. El Sacerdote pasó su mano sobre sus ojos, aparentemente cansado, y el gorila recobró la compostura mientras se disculpaba con el prelado. Me pusieron nuevamente de rodillas, con la boca sangrando, contesté: Sí, soy inocente de ese crimen. Soy culpable de muchas cosas, pero no de acabar con ese muchacho. con la boca llena de saliva y sangre afirmé seguro de mi No lo toqué; su sangre llegó a mí tanto como su dolor. Sin embargo, mientras me distraía fantaseando, imaginando que lo hacía, que por fin reunía el coraje para matar los recuerdos de ese momento se amontonaban otra vez inflándome de emociones intensas ¡sí! exclamé como animal cautivo ¡quería matar!, ¡si, lo acepto!, esa ansia de poder sobre la vida solo te la da la muerte y yo la quería tener grité impotente como lo tuvo ese hombre aquella noche, blandir ese poder, porque es un poder que todo ser humano desea para castigar a aquellos que osan enfrentarle, pero no, me obnubilé ante semejante espectáculo y en el acto final me perdí fantaseando con la idea, creando mis propias maravillas. tome aire y con voz menguante agregué Después me desperté con sus partes y la policía sobre mí.

Antes de que el chico muriera, se inclinó sobre su oído y murmuró unas palabras que aún recuerdo con esa voz artificiosa y susurrante, me giré pensando en su significado mientras contemplaba la cámara de horrores que se había convertido ese lugar, ahora vas a morir le dijo, cuánto horror y cuanta fatalidad en solo cuatro palabras, quizás eso les dice a todas sus víctimas; fueron las únicas palabras que pronunció aquella noche con un tono muy alejado del estado febril que debía poseerle después de los vejámenes y tormentos que le había ocasionado a aquel desafortunado. A mi parecer...

Padre ya es hora - dijo uno de los guardias interrumpiendo mi narración que casi concluía.

El cura me miró a los ojos y me preguntó ¿te arrepientes de tus pecados? sí padre, contesté tranquilo finalmente, alguien más sabe la verdad aunque no me crea. Hizo la señal de la cruz sobre mi mientras los gorilas me levantaban para ir hasta mi último acto en sociedad.

Las correas estaban bien ajustadas, la esponja en la cabeza me empapó todo el cuerpo, sentía frío por el agua, el frío clima y el terror, tenía miedo, cincuenta mil voltios aplicados hasta morir, en uno a veinte segundos, seguro que va a doler y esta claro que no lo disfrutaré. Es la hora de la verdad.

Al otro lado de un muro de cristal, testigos, prensa y guardias esperaban que el reloj marcara las doce de la medianoche, la ansiedad me abrazaba con fiereza, una agitada respiración apenas me permitía sentir algo más que las muchas correas que usaron para inmovilizarme. Instalaron los electrodos, me amordazaron como a un perro para que el espectáculo no fuera grotesco, me cubrieron el rostro con una capucha de mezclilla deshilachada, será la última vez que sienta miedo y vea otra cara, resignado desee que el asesino pueda ver lo que le aguarda cuando le atrapen; entonces escuche al sacerdote disculparse para acercarse y me susurró al oído ahora vas a morir.

Fecha de publicación: 30/08/2023
Alejandro Ortiz Becerra - 2023